El día que me di cuenta que mi mentoría no era accesible
- Autor
- Mía Salazar
- Fecha de publicación
- 26 / 04 / 2026
Un día, hace unos meses, salí de una sesión de mentoría con un sabor amargo. Sentía que no había conseguido entenderme con mi mentorizada. Habíamos pasado casi una hora hablando, pero algo no había encajado, y, al despedirnos, me quedé con la sensación incómoda de que no la había conseguido ayudar y de que había sido un rato tremendamente incómodo para ambas.
Durante un rato intenté buscar una razón: quizá no era el momento, quizá no había conexión, quizá simplemente esas cosas pasan. Pero esa incomodidad no se iba. Y entonces llegó el pensamiento que lo cambió todo: ¿y si el problema no era la otra persona? ¿Y si el problema era yo?
La pregunta se quedó en mi mente flotando durante días, y no se iba, sobre todo por la culpabilidad que me suscitaba. A mí que tanto me gustaba la accesibilidad… y quizás mis mentorías no lo estaban siendo y no estaba aplicando esos conocimientos a esas sesiones.
El espejismo de “lo hago bien”
Es fácil caer en la trampa de pensar que, porque tienes conocimiento sobre un tema, lo estás aplicando correctamente en todos los ámbitos de tu vida. En mi caso, lo intento aplicar en casa proyecto web en el que participo, pero no había aplicado esa misma pasión al hecho de acompañar a otras personas.
Había construido un formato de mentoría que funcionaba… para algunas personas. Tenía ya una estructura que había utilizado en multitud de casos y que había resultado ser muy efectiva.
Pero la accesibilidad no funciona así. Lo que es accesible para una persona puede ser una barrera para otra.
El peso de los sesgos invisibles
Una de las cosas más difíciles de aceptar fue reconocer mis propios sesgos. Muchas veces no son fruto de la mala intención sino de la propia costumbre, de basarme en lo que siempre me había funcionado. Pero precisamente por eso son peligrosos: porque los damos por válidos sin cuestionarlos.
Por ejemplo, asumir que la otra persona va a procesar la información al mismo ritmo que yo; o que va a ser capaz de abrirme su corazón desde el primer minuto si yo le abría el mío; o que se sentiría cómoda recibiendo mentoría exclusivamente a través de videollamadas.
En aquella sesión, probablemente estaba esperando la misma agilidad e interacción constante que había vivido en otras situaciones, y quizá la otra persona necesitaba un formato completamente distinto para poder expresarse, uno más calmado.
La accesibilidad empieza por ahí: por cuestionar lo que damos por hecho.
No existe una mentoría “estándar”
Otro aprendizaje importante fue entender que no existe una mentoría única que funcione para todo el mundo.
Había dedicado mucho tiempo a depurar mi formato de mentoría. Había encontrado los mejores cursos y artículos que recomendar y una estructura que garantizaba resultados. Pero había olvidado algo importante: cada persona llega con su propio contexto, con sus propias experiencias y su forma de comunicarse. Pretender que todas encajen en el mismo molde no solo es poco inocente, sino excluyente.
Hacer una mentoría accesible implica renunciar a la idea de control absoluto, abrir espacio a la adaptación y a la escucha activa.
El formato también importa
También tuve que darle una vuelta al formato que empleaba. Hasta entonces, daba por hecho que la videollamada era la mejor opción ya que permite ver a la otra persona y eso facilita la conversación… o eso pensaba.
Pero resulta que el vídeo no es igual de cómodo para todo el mundo, para algunas personas puede ser agotador algo tan directo o intimidante el mirar a la persona a los ojos. Y no solo eso, sino que, como aprendí también tras esa mentoría, a veces es inviable por temas de conexión a internet o por coordinación de agendas.
Y lo mismo puede ocurrir con las llamadas de teléfono o las sesiones en directo en general.
A raíz de eso, empecé a abrir la posibilidad de adaptar el formato: sesiones por escrito usando email o mensajería instantánea, intercambio de audios, espacios asincrónicos. Y lo más importante: preguntar antes de asumir.
La accesibilidad no consiste en ofrecer todas las opciones posibles, sino en ofrecer opciones que se puedan amoldar a la persona que tienes delante.
Ritmos, pausas y silencios
Quién me conoce sabe que soy una persona muy nerviosa e impaciente, así que lo hago todo de la misma forma: lo más rápido posible. Así que os podéis imaginar que para mí reaprender a gestionar los ritmos fue un gran reto.
Siempre había valorado las sesiones dinámicas sin demasiados silencios y yendo directamente al asunto. Siempre llevo un documento de todo lo que hay que hablar y voy muy al asunto. Pero eso responde a una preferencia personal, no a una necesidad universal.
Hay personas que necesitan más tiempo para procesar la información, o que se encuentran en un momento más delicado y necesitan darse una pausa. Forzar un ritmo concreto puede hacer que la otra persona se bloquee.
Ser paciente no es solo una virtud en la mentoría, es una condición necesaria para que sea accesible.
Neurodivergencias, ansiedad y depresión
Uno de los puntos más importantes es entender que no todas las personas experimentan el mundo de la misma manera. Las neurodivergencias, la ansiedad, la depresión u otras condiciones influyen directamente en cómo alguien se comunica, procesa información y participa en una sesión.
Una persona con ansiedad puede sentirse abrumada por preguntas abiertas o por la sensación de ser evaluada, con lo cual empezar una jornada de mentoría con mil preguntas puede hacer que la persona desconecte del todo.
Alguien con depresión puede tener dificultades para mantener la energía o la concentración durante una sesión, y puede suponer que el proceso completo de mentoría debe extenderse en el tiempo para adaptarse a esos niveles de actividad.
Y, por otro lado, una persona neurodivergente puede tener una forma distinta de estructurar el pensamiento o de responder a estímulos, lo que puede llevar a que tengamos que cambiar nuestra forma de comunicarnos, de dar feedback o de planificar los procesos.
Ignorar todas estas posibles situaciones no solo reduce la efectividad de la mentoría, sino que puede hacer que la persona a la que estamos mentorizando se sienta incómoda.
Adaptarse no significa tener todas las respuestas, sino estar dispuesto a acompañar a esa persona escoja la forma que escoja.
Diferencias comunicativas
También es fundamental tener en cuenta que no todas las personas se comunican de la misma manera.
Por ejemplo, en el caso de personas autistas, puede haber una preferencia por la comunicación directa, sin ambigüedades ni dobles sentidos. De la misma manera, son personas que puede que no hagan contacto visual o que tengan un tono más plano a la hora de hablar, pero no significa que no estén 100% comprometidas con la mentoría.
Aquí, de nuevo, la clave está en dejar de asumir y empezar a preguntar qué necesita cada persona.
Flexibilidad como base
Durante mucho tiempo, había establecido normas claras sobre los horarios de la mentoría, la duración de sesiones o las formas de comunicación. Y aunque es importante establecer estos temas, y marcar límites sanos, también puede convertirse en una barrera si se aplica de forma rígida.
Hay personas que necesitan mayor flexibilidad por su situación personal. Ser accesible implica encontrar un equilibrio entre la estructura y la adaptación.
No se trata de eliminar los límites, sino de hacerlos más humanos y de mantener la empatía en el centro.
La relación de poder
Uno de los elementos más invisibles, pero más importantes, es la relación de poder entre mentora y mentorizada.
Como mentora, tienes una posición de referencia y tu opinión puede tener mucho peso. Este hecho puede generar una dinámica en la que la otra persona no se sienta completamente libre para expresarse o para llevarte la contraria si cree que nos estamos dirigiendo al lugar incorrecto.
Si además se suman factores como la inseguridad, la ansiedad o experiencias previas, esa brecha puede ampliarse.
Ser consciente de esta relación de poder es esencial para poder gestionarla de forma responsable. Implica escuchar más y crear un espacio seguro donde la otra persona pueda mostrarse tal y como es, dejando claro que al final las decisiones se toman en conjunto
Aprender a preguntar mejor
Después de aquella sesión, una de las cosas que empecé a hacer fue cambiar el tipo de preguntas que hacía.
En lugar de asumir necesidades, empecé a preguntar cosas como:
- ¿Qué formato te resulta más cómodo?
- ¿Prefieres hablar o escribir?
- ¿Hay algo que deba tener en cuenta para que esta sesión sea más útil para ti?
- ¿Cómo te sientes hoy para tener esta conversación?
Son preguntas simples, pero abren la puerta a una mentoría mucho más adaptada.
La incomodidad como punto de partida
Mirando atrás, esa sesión incómoda fue un punto de inflexión. Por supuesto que no fue agradable, pero fue necesaria. Me obligó a cuestionar mis prácticas y a aceptar que aún tenía mucho que aprender.
La accesibilidad no es un estado al que llegas, sino un proceso continuo de revisión y ajuste.
Hacerlo mejor, poco a poco
Desde entonces, mis mentorías no son perfectas, pero intento que sean más conscientes y que la persona, y sus necesidades, estén más en el centro.
Sigo cometiendo errores, pero también sigo aprendiendo. Pero ahora parto de una base diferente: la de no asumir que mi forma de hacer las cosas es la correcta para todo el mundo y que todo puede pasar por un periodo de revisión.
Si algo he aprendido es que hacer una mentoría accesible no consiste en aplicar una lista de buenas prácticas, sino en adoptar una actitud: escuchar, preguntar, adaptarse y estar dispuesta a cambiar.
Porque al final, la accesibilidad no va de formatos, va de personas y de cómo decides acompañarlas.